lunes, 13 de junio de 2011

Capítulo 2.

-¡Casey!-exclama mi abuela mientras viene a abrazarme. Yo la devuelvo el abrazo y saco mi equipaje con desgana.
Mi padre se despide con un beso y una sonrisa esperanzada. Todavía guarda la esperanza de que cambie con tres meses aquí. Todos lo esperan. Pero no puedo volver a ser como era antes si ni siquiera recuerdo mi vida antes de él, antes del desastre.
¿Quién fue el idiota que aseguró que el amor a primera vista no existía? Por su culpa iba desprotegida, confiada, y caí en la trampa. Y una vez que entras ya no puedes salir. Es como el alcohol. Primero llega la etapa de la euforia, el romanticismo, bailar sola de noche, sonreir por cualquier cosa... Luego llega la tristeza, la desesperación, la pérdida... Y tú permaneces anclada en un torbellino de sentimientos que te arrastran de un lado a otro, en el centro de una tormenta.
Y yo, pobre ilusa de mí, creía que podía con cualquier cosa. Pero hasta Superman tiene su kryptonita. Y supongo que él fue la mía.
No te recomiendo enamorarte. Es otra de las trampas de la vida. Te hace creer que todo va bien, que nada podría estropeártelo. Pero la vida siempre es sinónimo de "aguafiestas". Te golpea, cuando menos te lo esperas, donde más te duele y con toda su fuerza. Y tú, poderoso prepotente, dios entre los dioses, acabas en el suelo como un ridículo niño pequeño y débil. Agarrándote las piernas y suplicando clemencia. Tú no quieres sufrir, nadie quiere sufrir. Pero ya puedes ir empezando a resignarte. Porque la vida trata de eso: sufrir. Incluso desde el primer instante, el primer halo de vida. Ya en ese momento te da la primera hostia. Y el mensaje es bastante claro: «Prepárate, esto es solo un aviso». Y coges la primera bocanada de aire para romper a llorar, porque intuyes lo que se avecina.
Pero a cada palo te haces más fuerte. O, al menos, eso crees. Ya no lloras; es de débiles. Te crees inmune, te crees, por un momento, "feliz". Pero la vida tiene el don de superarse a cada vez y encuentra siempre la manera de volverte a apedrear.
Y yo admiro a los optimistas, que miran a la desgracia a los ojos, desafiándola. Pero admiro aún más a los pesimistas, por ver la realidad de lo que les aguarda. ¿De qué sirve soñar? Yo nunca he sido una ilusa y no pienso empezar ahora.
Seamos sinceros, al menos. Porque para engañarnos ya están las fantasías que nos creamos nosotros solos en nuestra mente. Los personajes de las películas no existen. Y sin ellos tampoco existen sus historias. Nadie va a rescatarte cuando no te quede nada. Te dejarán ahí, tirado, moribundo. Nadie te va a querer como en las películas o, por lo menos, corresponder.
Porque las medias naranjas no existen. Es un burdo intento de fantasía para no sentirte tan solo en tu existencia y poder echarle la culpa al destino en vez de ver la realidad: que es tu culpa. Por soñar, por creer en cuentos, por hacerte ilusiones. ¿No has sufrido bastante? Debes ser un masoquista nato. Porque si no crees en hadas, ¿por qué crees en la felicidad? Los dos son mitos.
Me dirijo a mi habitación y me apoyo en la ventana mientras veo el coche de mi padre alejándose por la carretera. Me tumbo en la cama y me quedo así, sin hacer nada. Tan solo pensar. Ha cambiado el entorno, pero no mi estado de ánimo.
 Mi abuela entra un par de veces a la habitación para dejarme sábanas limpias y una toalla, y yo ni me inmuto. Deja que siga a lo mío mientras me lanza miradas compasivas. Mi padre ha debido de ponerla al corriente de todo.
Acabo por quedarme dormida, como tantas otras noches, con las mejillas empapadas. La almohada, recién estrenada, cansada de oir mis lamentos. Me asombra que todavía me quede capacidad para producir lágrimas, después de todas las derramadas. Pero brotan con la misma fuerza que el primer día, sin que parezcan reducirse.
Me pregunto, antes de cerrar los ojos, si puedo tirarme toda la vida llorando y seguir produciendo lágrimas hasta entonces. Pero yo también guardo la esperanza de reponerme algún día. Aunque solo sea una luz al final de un oscuro túnel y finalmente resulte ser tan sólo un tren. Yo me agarraré a ese tren aunque sea en un acto suicida.

lunes, 6 de junio de 2011

Capítulo 1.

-¡No puedes obligarme!-chillé a mi padre entre lágrimas mientras tiraba un peluche con rabia a la puerta cerrada de mi habitación. Mi padre no se molestó en contestarme, dando por hecho que le obedecería. Yo me tiré a la cama, que ya se había convertido en mi trinchera a prueba de las bombas que parecía lanzarme el mundo. Las lágrimas volvieron a recorrer mis mejillas y empapar mi almohada. Pero yo ni las noté. Eran tan solo otro de los detalles de mi rutina de cada día, tan habituales como tirarme todo el día en la cama, sin poder hacer otra cosa que pensar en él.
Dime, ¿alguna vez has amado tanto que has sentido que tu cuerpo no era suficiente para tantas emociones? Pero amar no es tan difícil. Apuesto a que no soy la única que se ha enamorado. El problema es cuando llega la pérdida. Cuando tú estás demasiado atada a él y él no está implicado de la misma manera. Cuando descubres que eras tan sólo otro de sus juguetes. Cuando ese cuerpo que no podía albergar tantas emociones se queda destrozado, pasando a ser un simple objeto de decoración en tu vida. Cuando, después de haber sentido tanto y tan intensamente, te quedas completamente vacía. Sin nada que te amarre más a la vida. Como un cuenco lleno de agua a punto de desbordar, al que aspiran todo el líquido de repente sin avisar, dejándolo sin nada.
Y mi padre ya no sabía qué más hacer. En cierto modo le comprendía. No era fácil criar a una adolescente en plena etapa de desarrollo él sólo sin ayuda de una mujer. Sobre todo una adolescente en un profundo estado de depresión. Y encima añadirle un niño de cuatro años que iba a crecer sin una madre. Le estaba costando y yo lo sabía. Se esforzaba, que era más de lo que le podía pedir, pero las circunstancias al final habían podido con él. Llegaba el verano y no podía dejarme más tiempo en este estado, pero tampoco sabía como sacarme de él. Tan solo le quedaba una solución: desacerse de mí. Y por eso me mandaba a la casa de mi abuela. Y, a pesar de mis protestas y broncas, ambos sabíamos que acabaría yendo.
Me levanté de la cama, secándome las lágrimas, mientras me dirigía a la cocina. El berrinche se me había pasado, pero mi estado emocional seguía tan bajo como de costumbre. Lo cierto era que no recordaba el primer día que empecé a llorar. O más bien el último que sonreí. Él me lo arrebató todo. Cada sentimiento, gesto, esperanza, sonrisa, carcajada o pensamiento. Tan solo me dejó con su recuerdo. Un recuerdo imborrable, que se negaba a desaparecer a pesar de mis súplicas. Un tatuaje marcado a fuego en la memoria.
Ronnie estaba sentado en una silla, jugando con los guisantes de su plato. Tenía la lengua fuera y babeaba el babero. Cuando entré, alzó la cabeza para mirarme y sonreirme. Mi padre también me vió, pero me dejó mi espacio, comprendiendo que era lo que necesitaba en esos momentos, y siguió leyendo el periódico. Me senté en una silla al lado de Ronnie mientras le veía comer.
-¿Quieres cenar algo?-me preguntó mi padre, preparado para el "no" que iba a contestar. Últimamente siempre era así. Me negaba a comer, y lo cierto era que me estaba quedando demasiado delgada, pero no quería ingerir nada. Simplemente no tenía ganas de seguir. No quería dormir ni comer, tan solo llorar durante todo el día. Pero la luna volvía cada noche, imperturbable a mi dolor, haciendo que me quedase dormida entre mis lágrimas.
Mi padre no me presionó a comer y siguió ensimismado con las noticias que me hacía creer que el mundo seguía igual de mal. Todo eran desgracias y catástrofes. Destrucción y mal. Sufrimiento y daños. Es posible que sea muy pesimista, pero es lo que la vida se ha encargado de enseñarme a lo largo de todos estos años. Porque si hay algo que puedo afirmar es que la vida tan solo sabe dar palos. Las alegrías tan solo son instrumentos que usa para hacerte incluso más daño cuando la desgracia venga. Porque siempre hay una desgracia. Mi vida misma es una sucesión de continuas catástrofes.
Esa noche me fui a dormir sabiendo que me iría a casa de mi abuela en dos días, sin importar mis argumentos. Aunque, verdaderamente, no tenía ninguno.